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¿Buscas una psicoanalista en Barcelona?

Si quieres comenzar una  terapia de orientación psicoanalítica en el Eixample Barcelona  puedes consultarnos, soy psicóloga coleg...

¿Buscas una psicoanalista en Barcelona?


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Si quieres comenzar una terapia de orientación psicoanalítica en el Eixample Barcelona puedes consultarnos, soy psicóloga colegiada, especializada en Psicoterapia (Europsy) y psicoanálisis en Barcelona.


¿En que se basa un tratamiento psicoanalítico?


El tratamiento se basa en la teoría psicoanalítica creada por Sigmund Freud, en la que investigamos el funcionamiento del psiquismo humano, en particular, el aspecto inconsciente. Con cada terapia tratamos de despejar las causas que motivan las dificultades emocionales que llevan a que una persona nos consulte.

Iniciar un psicoanálisis en Barcelona requiere cierta constancia en las sesiones entre psicoanalista y analizante, damos importancia a esta relación para crear un vínculo que ayude a sostener el proceso, a que el analizante pueda adquirir los recursos psíquicos para afrontarlos, reducir el malestar subjetivo, saber más sobre sí mismo, encontrar el deseo que lo mueve y encarar la vida desde un lugar diferente.

¿Qué tipo de problemas tratamos con tratamiento psicoanalítico?

El psicoanálisis es un tratamiento adecuado y eficaz, es recomendable para situaciones tales como:

* Si te sientes con baja autoestima, que has dejado de hacer aquellas cosas que te satisfacían y no sabes el por qué.

* Si has caído en una depresión o has tenido crisis de ansiedad que sigues arrastrando durante mucho tiempo.

* Si sientes que tu vida está estancada, te cuesta o estás en un momento de bloqueo para tomar decisiones importantes para ti mismo.

* Si sientes que llevas en estado de desazón durante mucho tiempo, que no has elaborado, gestionado ciertas pérdidas importantes. Duelos no tramitados.

* Si consideras que repites los mismos modelos o patrones en las relaciones de pareja (relaciones tóxicas), en el aspecto laboral o profesional, y como resultado de ello, sientes malestar o infelicidad.

* Si te preocupa en exceso lo que los otros piensen de ti, hasta el punto de caer en el silencio para no sentirte juzgad@.

* Si crees que no puedes controlarte en determinados momentos, o te controlas tanto que explotas por cualquier motivo.

* Si tus miedos te desbordan, te limitan tu cotidianidad y se expanden en diversos ámbitos de tu vida.

* Si sientes una falta de deseo por lo sexual, y por las relaciones con los otros.

* Si tus pensamientos se tornan ‘obsesivos’ y piensas cosas negativas sobre ti sin poder ni controlarlas ni evitarlas.

* Si estás preocupad@ por la maternidad o la paternidad, los miedos te paralizan y te sientes preocupado por cómo estás ejerciendo tu función.

* Si tienes problemas en tu relación de pareja en la que predomina el sufrimiento, los celos, las discusiones y peleas constantes.

¿Quieres consultar con una psicoanalista en Barcelona?

Puedes llamarme al 935808324 o escribirme un e-mail a info@psicoanalisisbcn.com para reservar una primera entrevista con un psicoanalista en Barcelona o para plantear tus dudas o pedir más información.

Terapia de Pareja en Barcelona


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La inestabilidad económica, las largas jornadas laborales, las dificultades en la crianza de los hijos, las dificultades cotidianas hacen que haya mayor necesidad de acompañamiento para poder enfrentar y elaborar las dificultades en pareja.

Aburrimiento, reproches, infidelidad, pérdida de deseo, falta de comunicación y confianza, ausencia de relaciones amorosas y presencia de ataques de celos son algunas de los motivos de consulta en Terapia de Pareja en Barcelona.

Cuando uno de los integrantes de la pareja empieza a considerar que ‘echarle la culpa al otro’ no resuelve ningún problema, o cuando la pareja desea continuar la relación, pero no saben cómo hacerlo, es cuando se produce la consulta con un psicoanalista que escuche el malestar y pueda acompañarlos a superar esa crisis.

Si desean reservar una entrevista para terapia de pareja
en la consulta de psicoanálisis en Barcelona 
al teléfono 93 580 83 24.

¿Existe el INSTINTO MATERNAL?


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La maternidad es un momento en la vida de la mujer que, según como sea vivido, puede ser tanto fuente de felicidad como de conflictos. Es un momento que enfrenta  a la mujer a una división que se refleja tanto en su cuerpo como en su psiquismo, atañe a su propia subjetividad, dividiéndola en madre y mujer.

Influyen en ella la significación que dé a cada uno de estos aspectos, las expectativas que tenga sobre la maternidad, la relación que haya tenido con su propia madre, la relación con su pareja, su deseo, así como también la educación y el entorno social que hacen sentir su presión, cualquiera que sea la elección que haga: sea una madre tradicional –que vive para sus hijos– o una madre moderna –que no quiere renunciar a otros aspectos de su vida­­.

¿Existe el instinto maternal?


Desde la biología el instinto se piensa como aquello que permite la supervivencia y la evolución de la especie en cuestión. Sin embargo, si nos remontamos al año 1780, en París, encontramos que de los 21.000 nacimientos que hubo sólo 1.000 de esos niños fueron criados por sus madres, otros 1.000 eran amamantados por nodrizas, y los 19.000 niños restantes fueron entregados, desde el momento mismo del nacimiento, a nodrizas a sueldo que los criaban en el campo. Un 90 por ciento de ellos no pasó del primer año. ¿Cómo se ha naturalizado la maternidad como algo innato y dado en la mujer? ¿Cómo se ha reducido la maternidad a un solo aspecto, el biológico? ¿Cómo se explica el abandono de aquellos bebés, en momentos en que la propia indefensión del recién nacido hace tan necesarios los cuidados —la leche materna y el amor— para la subsistencia, si las madres eran portadoras del instinto materno? ¿Dónde fue a parar el afecto natural, espontáneo, instintivo con que las mujeres se relacionan con su cría?

Gestar es algo diferente de la maternidad, porque esto implica asumir una función. La anatomía puede coincidir con la posición sexuada de un sujeto, pero no siempre. Podemos encontrar una posición femenina en un cuerpo masculino o viceversa. Algo de este orden ocurre también con la maternidad: se puede ser madre sin ser una mujer. Es decir, que se puede tener un hijo, dado que se tiene un cuerpo con órganos que posibilitan concebir y parir, lo cual está lejos de garantizar que ese sujeto hembra sea una mujer; puede tratarse de una niña o de una adolescente, incluso puede tratarse de alguien que está en una posición hombre y que tiene órganos reproductores femeninos. En muchos de estos casos la maternidad es una manera de no resolver o de resolver in-adecuadamente los avatares de la feminidad. Tradicionalmente se ha pensado a la mujer desde una perspectiva biológica y se le ha enseñado que su tarea específica era la maternidad. El amor maternal fue concebido durante mucho tiempo como un instinto, como un comportamiento arraigado en la naturaleza de la mujer.

El mito de la maternidad como algo innato, naturalizando el deseo de hijo como instinto, es una de las construcciones centrales a partir de las cuales la maternidad puede ser pensada, sentida y ejercida por los sujetos, como una realidad objetiva, universal y natural que la torna incuestionable en su modo de ser y de entenderla.
Imaginario social que opera homologando a la mujer con el ser madre, fundando sobre la natural capacidad reproductiva femenina, que se traspasa al plano social como natural capacidad de amar, constitutiva de la mujer.

Sobre la base de los principios sostenidos por la familia nuclear, entregar un hijo, desprenderse de él, es entendido como un acto moralmente condenable, por evidenciar la carencia de amor materno. No obstante, la relación madre-hijo es producto de una construcción, de un vínculo que se edifica psíquicamente de la mano de la cultura, ya que el ser humano como especie, justamente por la carencia instintiva, entra en un mundo simbólico, atravesado por el lenguaje, con la ilusión de encontrar la completud durante toda la vida.

Que haya mujeres que deciden no ser madres, o que atravesando un embarazo no desean a ese hijo, evidencia que no es un patrón universal, innato y, por ende, no es instintivo. Las madres que no desean a sus hijos serían personas que van contra la naturaleza, contra la fuerza y la bondad del instinto. Esta idea, como se darán cuenta, no sólo está cargada de prejuicios, sino que deja en la oscuridad al conjunto de situaciones que llevan a la mujer, por ejemplo, a no desear un hijo, e impidiendo analizar una realidad que se caracteriza por ser, ante todo, muy compleja.

Ante las preguntas ¿deseo ser madre?, ¿quiero formar una familia?, algunas mujeres deciden postergar la respuesta para más adelante, justificándose en cuestiones tales como “ahora no es el momento”, “prefiero crecer a nivel profesional”; otras, con dificultad o no, deciden renunciar a la maternidad, y con el correr de los años algunas se arrepienten; otras se empeñan en buscar un buen padre para tener un hijo; otras, ante aquellas preguntas, siguen preceptos familiares en los que no existe la duda, sólo certezas, en relación a la maternidad.

De cómo haya elaborado la mujer su posición femenina desde su infancia hasta la edad adulta, y de su relación con el hombre, dependerá el lugar que cada mujer, ahora desde el lugar de madre, pueda dar a su hijo. Y el lugar que ella le dé al hombre en su deseo es lo que también permitirá a ese hombre a ocupar un lugar como padre.
Hace poco escuchaba en la consulta de psicoanálisis Barcelona a unos jóvenes padres que discutían sobre cómo había que regañar al hijo en común. La madre no estaba de acuerdo con castigarlo y el padre afirmaba: “Es mi hijo y hago lo que yo quiera”. Cuestión que me hizo reflexionar sobre este tema. Si los hijos son de los padres, éstos corren el riesgo de transformar al hijo en objeto de su propia satisfacción, de su insatisfacción o de rivalidad con el otro integrante de la pareja; perdiendo de vista que los hijos no son propiedad ni de los padres ni de ningún otro, sino que pertenecen al mundo. Los padres tienen que posibilitar que ese niño pueda inscribirse en una cultura, tendrían que poder acompañarlos en su desarrollo y en su crecimiento. Sin embargo, pensar que el hijo es propiedad de los padres o de uno de ellos, sucede desde los primeros momentos del nacimiento. La mujer, ensimismada con su hijo, aparta la mirada del hombre y a éste se le hace difícil hacerse un lugar en esa díada. No son raras las infidelidades en esos momentos: él se dirige a otra para ser querido. Por eso es fundamental que el padre, en lugar de huir o quedarse fascinado por la relación que tienen madre e hijo, establezca límites, separe esa unidad madre-niño para que ese hijo no quede atrapado en la red materna.

Ahora bien, se abre otra cuestión: ¿qué es un hijo? Una primera reflexión nos coloca frente a una relación dialéctica: así como no hay padre ni madre si no hay un hijo que los reconozca como tales, tampoco hay hijo si no hay al menos un adulto que asuma ante él su paternidad.

Es claro que no basta con el engendramiento biológico para la constitución de una relación de filiación. Un hijo no se reduce al encuentro de un óvulo con un espermatozoide, como tampoco a una criatura eyectada de un determinado vientre: hace falta una marca, un nombre, una inscripción, un lugar simbólico donde la criatura pueda alojarse. El deseo de hijo, tanto como su ausencia, preexiste a lo real de su materialización. Y aquí no hay norma universal: cada pareja, cada persona incluso, produce sus propias tentativas de respuesta para la pregunta acerca de qué es un hijo. El proceso mediante el cual una criatura deviene hijo, es un proceso simbólico y no un acto biológico o natural. La filiación es una adopción simbólica.

Sucede que, en estricto rigor, todo hijo es hijo adoptado. Esto quiere decir que, para que exista un hijo, debe haber al menos un adulto que lo haya adoptado simbólicamente como tal, permitiéndole habitar en el mundo desde un lugar determinado.

La crisis de la adolescencia


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Honrar a los padres es darles la espalda y
partir demostrando que uno se ha vuelto
 un ser humano capaz de asumirse.”
Francoise Doltó


La adolescencia es una etapa de la vida que viene precedida por una serie de cambios de orden biológico y separaciones de orden afectivo. Para el ser humano es tan imprescindible ser atendido en sus necesidades cuando es pequeño como llegar a abandonar –a tiempo– la seguridad que brinda lo familiar.
En l@s adolescentes acontecen cambios observables a nivel del cuerpo (en la voz, crece el vello y aumentan los pechos) y pueden llegar a producir cierto extrañamiento con la imagen que el niño, ahora adolescente, tenía de sí mismo. Pero no sólo cambia el cuerpo, la forma en que se relacionaba con sus padres también: puede pasar de ser un niño obediente y ordenado a ser un joven rebelde que, la mayoría de las veces, le lleva la contraria a los padres, puede pasar de ser un niño interesado por los estudios, a mostrarse completamente desinteresado por cualquier aprendizaje. El adolescente se opone a los padres, a los adultos, a las autoridades y hasta la sociedad en general.

El adolescente sabe que ya no es un niño (sus padres se lo recuerdan constantemente), pero sabe también que no es un adulto (algo que se le recuerda aún más). Los cambios forman parte de los procesos vitales del ser humano, en el momento de la adolescencia, el sujeto toma prestado cosas de los otros: sus ropas no parecen ser suyas y sobre todo ocurre lo mismo con sus opiniones. Son opiniones de amigos tomadas en préstamo que pueden llegar a entrar en conflicto con la de los padres.

Hay que destacar que, contra lo que se cree, la adolescencia puede llegar a ser una edad ingrata en la que parece que hay que hacerlo todo de nuevo; es una etapa signada por la crisis: decaen los ideales de los padres y se erigen los propios; el joven pasa por momentos conflictivos –necesarios– para abandonar la casa en la que era un niño y acceder a lo social de la mano de los amigos. Sus voces llegarán a ser más reconocidas que la de los padres. La pasión del adolescente por romper las normas y levantar las prohibiciones es hiper-intensa, son tan vivas como las frases que pronuncian. Ellos se juegan a un todo o nada. La vida del adolescente está dividida por la pérdida de la infancia y por la ganancia de un mundo nuevo por construir y desconocido.

Esto es vivido como diferentes duelos, por el niño, por la infancia. La adolescencia no está exenta de crisis, tomando esta palabra en el sentido de “cambio”, y de angustia, porque es necesario que algo se cierre para que otra cosa pueda surgir.
La adolescencia va a ser transcurrida por caminos de dudas, duelos, crisis; pero también, está destinada a conocer las mayores alegrías, los primeros amores, la amistad y decisión elegir un camino a seguir, un futuro. Se tratan de pasos decisivos para construir su autonomía, pasos que dejan marcas en su subjetividad.

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