El duelo: el dolor ante la pérdida

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La vida del ser humano está compuesta por diversas relaciones: amorosas, de amistad, laborales, filiales que a lo largo del tiempo pueden sufrir una serie de cambios, transformaciones o pérdidas. Transitamos por la infancia, nos olvidamos de nuestros primeros amigos, llegamos a la adolescencia con más dudas que respuestas, nos despedimos del niño que fuimos, conquistamos al primer amor, sufrimos la primera decepción amorosa, nos separamos de la casa de nuestros padres, ingresamos en la universidad, nos despedimos de la rebeldía, nos trasladamos de nuestro barrio, pueblo o país. Accedemos al primer trabajo y a las primeras relaciones laborales. Formamos una familia o no, tenemos hijos, nos hacemos adultos y olvidamos fácilmente aquel o aquella que alguna vez fuimos. Es decir, nuestra vida está repleta de conquistas y separaciones. Siempre realizamos un duelo por aquello de lo que nos despedimos. A su vez, poco a poco, vamos apartando de nuestros pensamientos que nuestra vida y la de nuestros seres queridos tiene fecha de caducidad. Por ser seres humanos, somos mortales y nuestra vida es transitoria, efímera, fugaz, breve y pasajera.


Casi sin darnos cuenta hemos elaborado -o no- una serie de duelos. El duelo es un término polisémico. Designa tanto un estado psíquico ante una pérdida, como también el tipo de trabajo psíquico necesario para elaborar aquello que hemos perdido.

Decimos que una persona está atravesando un proceso de duelo cuando presenta:

  • Un estado afectivo triste.
  • Una pérdida de interés por el mundo que lo rodea: no le interesa ir a trabajar, salir con amigos, estudiar, sólo le interesa aquello que recuerde a lo que ha perdido.
  • Tiene afectada la capacidad de amar, y está
  • Inhibido para desarrollar cualquier otra actividad que no tenga relación con la memoria del muerto.
Estos cuatro puntos son cruciales y nos muestran la entrega del sujeto al proceso de duelo, que no deja lugar a otros propósitos u otros intereses.

El duelo, por muy doloroso que sea, se consume –espontáneamente– una vez que se renuncia a todo lo perdido. Entonces, la libido queda libre para unirse a nuevos objetos, seguramente igual o más valiosos que aquellos perdidos. El duelo es un proceso necesario. Sin embargo, en nuestros días parecería no haber lugar para ‘llorar’ la pérdida, para realizar el proceso de duelo. Existe una falta de rituales, una dificultad de abrigar lo que se pierde. Nuestra cultura propone, más bien, una desmentida de los duelos y ofrece, en cambio, objetos que prometen una completad inmediata y absoluta. Una falta de rituales que, antiguamente, acompañaban por ejemplo, la pérdida de un ser querido y permitían escribirlo en su ausencia.

Los ritos de las sociedades antiguas eran un modo de tramitación colectiva de los duelos. De esos espacios colectivos en que legitimaba una ausencia, sólo quedaron ceremonias vaciadas de sentido.

Sófocles, en Antífona, nos advertía que si un cuerpo no se entierra con rituales, devendrá la tragedia. Tal vez una de las locuras colectivas actuales es que no haya sistema simbólico, ofrecido desde lo social, para inscribir las pérdidas, en una cultura del llenado que, por el contrario, busca forcluir cualquier vacío. Falta de rituales, dificultad de cobijar el vacío ante lo que se pierde y, en cambio, objetos que prometen lo inmediato.

Ausencia de sostenes colectivos simbólicos que, antiguamente, legitimaban y acompañaban el pasaje de los adolescentes, que en nuestros días a veces parecen rebotar de una orilla a otra, sumidas en situaciones de riesgo. Allí donde hay rechazo social de los ritos, se ocultan los duelos.

Sabemos que cada cultura trata la muerte a su manera, como dijo el escritor Albert Camus en la novela ‘La peste’: una manera fácil de conocer una ciudad es indagar cómo se trabaja, cómo se ama y cómo se muere en ella.

El arte ha nacido funerario; los antepasados debían sobrevivir en imágenes. Las sepulturas fueron nuestros primeros museos; algo se dejaba en la tumba del muerto, oponiendo a la descomposición de la muerte la recomposición de la imagen. Hoy, en cambio, cada vez menos monumentos funerarios, no hay estatuas ni frescos en las cámaras de los muertos.

Y a la vez, junto con las antiguas ceremonias de duelo y liturgia, se fueron de nuestras ciudades los carnavales, las fiestas y las mascaradas. Nuestra civilización pertenece a una era visual: “da crédito a sus ojos”. Lo que se ve, lo visible, es lo verosímil. Lo invisible, en cambio, pierde terreno.
Cuando los rituales en la corte francesa indicaban 40 días de exposición pública del rey muerto (Carlos VI, Enrique IV), y una esfinge vestida con las mejores galas presidía 40 días las ceremonias y los banquetes de la corte, significaba que los honores se rendían a la copia y no al nuevo rey. La copia era la representación de algo ausente. Espacio colectivo en que se legitimaba la ausencia.

En las prácticas colectivas de nuestros días, en cambio, parecerían insistir como orientación lógica la negación, la desmentida y el rechazo a incluir la muerte en el proyecto de vida.
Tramitar un duelo, subjetivar una falta, supone dar algo por perdido, pero, a la vez, pagar con algo por ese proceso. ¿Qué ponemos en la tumba del muerto? Esa flor que uno lleva, esas palabras que se dicen como metáfora de la creación y la producción, de lo que del lado del sujeto es protagonismo en la elaboración del duelo.

Cuando hablamos de duelos, nos referimos no sólo a la pérdida de un ser querido: nos referimos a diferentes cuestiones, como el duelo por no ser quien uno habría deseado, al duelo por no saberlo todo, por la falta de certezas.
Muchas personas viven como si estuviesen inmersas en un largo periodo de duelo. Aquí ya no estaríamos hablando de duelo, sino de melancolía.