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Adolescencia: relaciones con la autoridad

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Época de cambios, de metamorfosis que el adolescente vivencia con gran pesar. El niño que se prepara para ser adolescente se enfrenta a sus propios cambios físicos, a las dudas que le genera el mundo que tiene por delante, un mundo adulto que anhela y teme al mismo tiempo, y se enfrenta también a la incomprensión que observa por parte de sus padres.

No soporto a mis padres” es una frase que ilustra cómo se siente el adolescente en relación a los padres, en particular, y a los adultos, en general. Pero, ¿de qué se alimenta esta hostilidad? Durante muchos años los padres han sido los agentes de la ley. Se han encargado de la educación y el cuidado del hijo. Educación no sólo basada en enseñarle a caminar, a hablar, a comer, a estudiar, sino también en explicarle cómo funciona el mundo, cómo es la gente, qué puede hacer, qué no puede hacer, etc. Eso sí, siempre desde sus propias miradas que no siempre se ajusta a la mirada del joven.


En ‘La causa de los adolescentes’, F. Dolto remarca que al joven no se lo prepara para las dificultades que supone el ingresar al mundo adulto: agresión, sexualidad… es como si se dotara a los miembros de una expedición al polo de ropas de verano y mapas de África. La educación en general los prepara a nivel ideal. Si haces determinadas cosas serás dichoso, buen chico y ciudadano, pero hay que tener en cuenta que no son así'. En lugar de ello, se hace creer a los jóvenes que todos los demás cumplen los preceptos éticos, vale decir, son virtuosos. En esto se fundamenta la exigencia de que ellos lo sean".

Esta es una de las razones por las cuales el adolescente aparece en continuo enfado por los padres. Las cosas, simple y llanamente, no son como se las habían contado. Esta situación desencadena otra frase muy habitual en la adolescencia: “Mis padres no se enteran de nada”. En algunos casos, parte de razón tienen, en otros casos un exceso de protección por parte de los padres y la incapacidad por reconocer al hijo como un ser diferente a ellos que crecerá y conocerá el mundo no como ellos se lo expliquen, sino como es realmente, desembocan en una educación tipo Disneyworld, que se romperá en la adolescencia.  

Uno de los procesos más intensos que acontecen en la adolescencia es el proceso de duelo, por la pérdida del cuerpo niño y por la de los padres de la infancia. En cuanto al duelo por el cuerpo niño, es común ver a los chicos que ingresan en la pubertad poniéndose todavía esa ropa que ya les aprieta por todas partes, que les viene pequeña, quizás mientras a escondidas se reúnen con algún amigo para fumar el primer cigarrillo o mirar un poco de porno, en una muestra evidente del conflicto interno: se aferran a aquello que fueron hasta entonces y se apresuran por llegar al lugar adulto que se les presenta a la vez fascinante y amenazador.

A su vez, los padres dejan de ser omnipotentes, esos de los que el niño presumía ante los compañeros del colegio o los amigos, pasan a ocupar un lugar diferente: el de la duda, el cuestionamiento y, poco después, el enfrentamiento necesario para poder romper los vínculos que le abran al joven el acceso a lo social y a la elección de otras personas a las que amar.

Desde el lado de los padres el panorama no es mucho más alentador. La época de la adolescencia de los hijos puede ser vivida por los padres como la evidencia de un fracaso. En algunos casos del mayor fracaso de su vida.

En un momento decidieron tener un hijo, lo esperaron nueve meses que sirvieron para generar miles de expectativas sobre él. Dedicaron horas y horas a su cuidado, a su alimentación, a su salud, a su educación. Durante muchos años ese niño dependía de ellos para todo, y los miraba como si fueran lo único y lo más importante del mundo (que lo eran). De repente, ese niño, que ya no es tal, les cuestiona su manera de educar, su forma de vivir, sus ideales, etc. Los relega no a un segundo lugar, sino al último. En algunos casos empieza a bajar sus notas en los estudios, a fumar y a romper las normas sobre cómo vestir o la hora de llegada a casa. La pregunta que les fulmina a los padres es: ¿qué hemos hecho mal? Pregunta acompañada de una intensa angustia ante lo que entienden como la inminente pérdida del hijo.

El sentimiento de fracaso no sólo tiene que ver con la posible infelicidad o peligros que le atribuyen al hijo, sino también con que el adolescente se aleja cada vez más de satisfacer los deseos o proyectos que no pudieron realizar los padres y que esperaban que él realizara.


LÍMITES
La cuestión de los límites es algo muy desorientador tanto para los padres como para los hijos. En el momento en el que la adolescencia entra en la familia, el NO toma un protagonismo en las conversaciones, en los silencios, en los reproches, del que antes no había gozado. Obviamente el NO siempre forma parte de la educación, pero quizás nunca con tanta intensidad. El hijo lo busca, lo provoca, lo espera, lo rechaza, lo discute, lo añora. Los padres lo pierden, lo toman, lo evitan, lo imponen y en algunos casos lo son. Un cóctel molotov que la mayoría de las veces les estalla en las manos. Al adolescente, por no ser consciente de que lo busca; a los padres, por aceptar el desafío del hijo.

El adolescente se cuela por la grieta que produce la duda de los padres. Por la pregunta que antes mencionábamos, por ese ¿qué hemos hecho mal?

Cada vez que se traspasa un límite, cada vez que se salta una norma, se abre la posibilidad a un círculo vicioso: a mayor rigidez, más desafío por parte del chico, que inconscientemente está deseando que pongan fin a su violencia, que la contengan, que le pongan un dique. El fracaso de los recursos parentales queda de manifiesta cada vez que el conflicto traspasa las barreras del hogar y accede a las instituciones, a menudo por la vía judicial, cuando se llega a la agresión física, cuando se pasa al acto.

No es que los adolescentes pasen de todo, sino que llegado un momento de su vida, aquel niño que no veía en sus padres un solo agujero aprovecha los ‘errores’ que cometieron en el pasado para declararles la guerra. Les reprocha que se equivocaran pero no admitiría una corrección, porque para ellos ya es demasiado tarde.

Este puede ser un punto de inflexión en la relación familiar y los padres deciden traer a consulta a los adolescentes; Puede ser una oportunidad para que su decir sea escuchado desde un lugar distinto y pueda desplegar sus inquietudes, malestar y/o intereses. En el encuentro terapéutico: adolescente y psicoanalista, se trata de poder acompañarlo en este momento de transformaciones tan particular para que pueda confrontarse con la posibilidad de responsabilizarse de lo que le está pasando y encontrar una o varias soluciones a su malestar.




Nota: este texto es un extracto del ‘Taller para padres’ celebrado en mayo del 2011 en un instituto de escuela secundaria de Barcelona coordinado por Anabel López.

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