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¿Existe el INSTINTO MATERNAL?


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La maternidad es un momento en la vida de la mujer que, según como sea vivido, puede ser tanto fuente de felicidad como de conflictos. Es un momento que enfrenta  a la mujer a una división que se refleja tanto en su cuerpo como en su psiquismo, atañe a su propia subjetividad, dividiéndola en madre y mujer.

Influyen en ella la significación que dé a cada uno de estos aspectos, las expectativas que tenga sobre la maternidad, la relación que haya tenido con su propia madre, la relación con su pareja, su deseo, así como también la educación y el entorno social que hacen sentir su presión, cualquiera que sea la elección que haga: sea una madre tradicional –que vive para sus hijos– o una madre moderna –que no quiere renunciar a otros aspectos de su vida­­.

¿Existe el instinto maternal?


Desde la biología el instinto se piensa como aquello que permite la supervivencia y la evolución de la especie en cuestión. Sin embargo, si nos remontamos al año 1780, en París, encontramos que de los 21.000 nacimientos que hubo sólo 1.000 de esos niños fueron criados por sus madres, otros 1.000 eran amamantados por nodrizas, y los 19.000 niños restantes fueron entregados, desde el momento mismo del nacimiento, a nodrizas a sueldo que los criaban en el campo. Un 90 por ciento de ellos no pasó del primer año. ¿Cómo se ha naturalizado la maternidad como algo innato y dado en la mujer? ¿Cómo se ha reducido la maternidad a un solo aspecto, el biológico? ¿Cómo se explica el abandono de aquellos bebés, en momentos en que la propia indefensión del recién nacido hace tan necesarios los cuidados —la leche materna y el amor— para la subsistencia, si las madres eran portadoras del instinto materno? ¿Dónde fue a parar el afecto natural, espontáneo, instintivo con que las mujeres se relacionan con su cría?

Gestar es algo diferente de la maternidad, porque esto implica asumir una función. La anatomía puede coincidir con la posición sexuada de un sujeto, pero no siempre. Podemos encontrar una posición femenina en un cuerpo masculino o viceversa. Algo de este orden ocurre también con la maternidad: se puede ser madre sin ser una mujer. Es decir, que se puede tener un hijo, dado que se tiene un cuerpo con órganos que posibilitan concebir y parir, lo cual está lejos de garantizar que ese sujeto hembra sea una mujer; puede tratarse de una niña o de una adolescente, incluso puede tratarse de alguien que está en una posición hombre y que tiene órganos reproductores femeninos. En muchos de estos casos la maternidad es una manera de no resolver o de resolver in-adecuadamente los avatares de la feminidad. Tradicionalmente se ha pensado a la mujer desde una perspectiva biológica y se le ha enseñado que su tarea específica era la maternidad. El amor maternal fue concebido durante mucho tiempo como un instinto, como un comportamiento arraigado en la naturaleza de la mujer.

El mito de la maternidad como algo innato, naturalizando el deseo de hijo como instinto, es una de las construcciones centrales a partir de las cuales la maternidad puede ser pensada, sentida y ejercida por los sujetos, como una realidad objetiva, universal y natural que la torna incuestionable en su modo de ser y de entenderla.
Imaginario social que opera homologando a la mujer con el ser madre, fundando sobre la natural capacidad reproductiva femenina, que se traspasa al plano social como natural capacidad de amar, constitutiva de la mujer.

Sobre la base de los principios sostenidos por la familia nuclear, entregar un hijo, desprenderse de él, es entendido como un acto moralmente condenable, por evidenciar la carencia de amor materno. No obstante, la relación madre-hijo es producto de una construcción, de un vínculo que se edifica psíquicamente de la mano de la cultura, ya que el ser humano como especie, justamente por la carencia instintiva, entra en un mundo simbólico, atravesado por el lenguaje, con la ilusión de encontrar la completud durante toda la vida.

Que haya mujeres que deciden no ser madres, o que atravesando un embarazo no desean a ese hijo, evidencia que no es un patrón universal, innato y, por ende, no es instintivo. Las madres que no desean a sus hijos serían personas que van contra la naturaleza, contra la fuerza y la bondad del instinto. Esta idea, como se darán cuenta, no sólo está cargada de prejuicios, sino que deja en la oscuridad al conjunto de situaciones que llevan a la mujer, por ejemplo, a no desear un hijo, e impidiendo analizar una realidad que se caracteriza por ser, ante todo, muy compleja.

Ante las preguntas ¿deseo ser madre?, ¿quiero formar una familia?, algunas mujeres deciden postergar la respuesta para más adelante, justificándose en cuestiones tales como “ahora no es el momento”, “prefiero crecer a nivel profesional”; otras, con dificultad o no, deciden renunciar a la maternidad, y con el correr de los años algunas se arrepienten; otras se empeñan en buscar un buen padre para tener un hijo; otras, ante aquellas preguntas, siguen preceptos familiares en los que no existe la duda, sólo certezas, en relación a la maternidad.

De cómo haya elaborado la mujer su posición femenina desde su infancia hasta la edad adulta, y de su relación con el hombre, dependerá el lugar que cada mujer, ahora desde el lugar de madre, pueda dar a su hijo. Y el lugar que ella le dé al hombre en su deseo es lo que también permitirá a ese hombre a ocupar un lugar como padre.
Hace poco escuchaba en la consulta de psicoanálisis Barcelona a unos jóvenes padres que discutían sobre cómo había que regañar al hijo en común. La madre no estaba de acuerdo con castigarlo y el padre afirmaba: “Es mi hijo y hago lo que yo quiera”. Cuestión que me hizo reflexionar sobre este tema. Si los hijos son de los padres, éstos corren el riesgo de transformar al hijo en objeto de su propia satisfacción, de su insatisfacción o de rivalidad con el otro integrante de la pareja; perdiendo de vista que los hijos no son propiedad ni de los padres ni de ningún otro, sino que pertenecen al mundo. Los padres tienen que posibilitar que ese niño pueda inscribirse en una cultura, tendrían que poder acompañarlos en su desarrollo y en su crecimiento. Sin embargo, pensar que el hijo es propiedad de los padres o de uno de ellos, sucede desde los primeros momentos del nacimiento. La mujer, ensimismada con su hijo, aparta la mirada del hombre y a éste se le hace difícil hacerse un lugar en esa díada. No son raras las infidelidades en esos momentos: él se dirige a otra para ser querido. Por eso es fundamental que el padre, en lugar de huir o quedarse fascinado por la relación que tienen madre e hijo, establezca límites, separe esa unidad madre-niño para que ese hijo no quede atrapado en la red materna.

Ahora bien, se abre otra cuestión: ¿qué es un hijo? Una primera reflexión nos coloca frente a una relación dialéctica: así como no hay padre ni madre si no hay un hijo que los reconozca como tales, tampoco hay hijo si no hay al menos un adulto que asuma ante él su paternidad.

Es claro que no basta con el engendramiento biológico para la constitución de una relación de filiación. Un hijo no se reduce al encuentro de un óvulo con un espermatozoide, como tampoco a una criatura eyectada de un determinado vientre: hace falta una marca, un nombre, una inscripción, un lugar simbólico donde la criatura pueda alojarse. El deseo de hijo, tanto como su ausencia, preexiste a lo real de su materialización. Y aquí no hay norma universal: cada pareja, cada persona incluso, produce sus propias tentativas de respuesta para la pregunta acerca de qué es un hijo. El proceso mediante el cual una criatura deviene hijo, es un proceso simbólico y no un acto biológico o natural. La filiación es una adopción simbólica.

Sucede que, en estricto rigor, todo hijo es hijo adoptado. Esto quiere decir que, para que exista un hijo, debe haber al menos un adulto que lo haya adoptado simbólicamente como tal, permitiéndole habitar en el mundo desde un lugar determinado.

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